Convivencia Sagrada


Todos los domingos de 21 a 22hs Convivencia Sagrada con Santiago Carmona y Facundo Manini. Radio en Vivo.

Everyday Life is War


Es innegable el impacto que las nuevas tecnologías de la información, sobre todo internet, tienen sobre las formas de producción y circulación de datos: desde los números del mercado de valores hasta el porno más oscuro se transmite y comercializa por la web. En el plano del arte la influencia de la Internet no es menor, así se puede encontrar tanto museos on-line, como sitios dedicados a la crítica cultural, la producción literaria, de artes visuales y música.

Para no pocos el advenimiento de la Internet ha significado la posibilidad de dar a conocer sus producciones a bajo costo y con cobertura global. Esto ha envalentonando a parte de la intelligentzia massmedia para proclamar a viva voz el inconmensurable potencial democrático y liberador de la Internet.

La realidad es que la mayor parte de las producciones que imperan en la red tienden a compartir un denominador común que mucho dista de la idea de liberación: la confesión. La Internet se ha conformado como un territorio apto para satisfacer una inquietante propulsión a la exhibición, erigiéndose en un enorme y afeminado diario íntimo. Basta echar una mirada a la Internet 2.0 para ver como el afán de exposición conforma la gran cantidad de producciones que llenan la red. Y la democracia esgrimida no es más que un acceso más o menos sencillo a la publicación de textos: escritos, fotográficos, de audio y video.

Pero no todo es gris en la web, como contrapunto a lo señalado se pueden encontrar textos que logran despegarse de la mediocridad confesional imperante, comunidades que producen conocimiento y desarrollan poéticas que corren los límites de lo enunciable, jóvenes entusiastas de la literatura, de la música, de las artes visuales que buscan nuevas formas, que se desmarcan de la pesada tradición o simplemente la reconocen como aquello que es: condición de producción y no condicionante de la producción.

Este es el peculiar caso de Everyday Life is War (ELW) el primer disco de Futuro Primitivo (http://futuroprimitivo.com/). Futuro Primitivo es la máscara que tuvo que brindarse el todavía sub-30 Matjas Mon para poder sacarse de encima sus pasado grunge. ELW es un trabajo individual concebido en la soledad de un cuarto. El cuarto como atelier, como Estudio, como un universo lleno de posibilidades. Aquí las nuevas tecnologías son aprovechadas como un portentoso tool box que posibilita construir los más bellos sonidos. De esta manera el disco, netamente instrumental, logra crear atmósferas muy íntimas y personales. Otro punto nodal que resulta interesante es haber logrado desabotonar el corset que implicaban las gramáticas de producción rockers.

Como esas fotos sacadas frente al espejo, donde las adolescentes de Villa del Parque exponen sus bellos cuerpos desnudos, con los flashes quemando gran parte de la composición. Matjas logra desnudar un mundo de sonidos imposibles y los expone en la Web. Aquí hay una práctica privada que tracciona la música hacia desconocidas orillas y encuentra circulación en la internet 2.0. Hay una intención, un interés por poner algo nuevo allí donde antes no había nada. Una nueva lectura, una nueva interpretación. La música de ELW no puede ser definida fácilmente, y si bien podría entrar dentro de la electrónica, la propuesta de Futuro Primitivo excede las pistas y encuentra nuevas posibilidades interpretativas en un mundo multitag.

Desde el arte de “tapa” hasta las texturas sónicas logradas por el sampleo de sirenas, gritos, chicharras la estética postapocalíptica emerge como la pesadilla de una generación que abrazó los movimientos globales de Seattle, los Movimientos Sin Tierra en Brasil, el EZLN y las Asambleas Populares en Caballito. Abrazó todo lo que tenía para abrazar y se desilusionó al descubrir que sus ídolos e ideólogos tenían pies de barro. Leyó a Negri y a Klein y descubrió rápido el engaño. O simplemente se relajó en una bella remera parlemitana con la cara del Subcomandante Marcos. ¿Hoy tienen la cara de Evo Morales?

ELW es el revés darkie de Manu Chao. Es un escupitajo en el ojo de los movimientos de “liberación” globales y en la adyacente buena conciencia de la música comprometida. ELW dice más que mil palabras desde su fulgurante nihilismo. Desde aquí ELW se transforma en poderoso, introduciéndose por senderos poco transitados y abriendo caminos allí donde hasta hace poco solo había selva.

Chemical Brothers - Star Guitar



La nueva música popular global en las manos de dos ingleses. Un video donde el uso de la imagen en pos de la música no se observaba desde aquella empresa épica que Walt Disney tituló Fantasy.

Puro goce.

Mingus


Por Facundo Carmona

Wayne Rodgers esquiva el primer golpe destinado a su mandíbula con una habilidad sorprendente. Su cuerpo aún recuerda la infancia en Tucson, el hostigamiento de su padre y las privaciones del ghetto. Aunque tal disponibilidad no alcanzó para evitar el segundo puño, que se incrusta en su estómago con la fuerza de una maza hidráulica.

El oponente lo mira y ríe a carcajadas. Mientras que una vibrante risotada nace en lo más profundo de su cavernosa caja torácica. Festeja feliz el ocurrente golpe. Su cuerpo también dispone de habilidades que exceden el talento que detenta como bajista. Charles está contento, hace tiempo que no es tan feliz, su amor se contagia al resto de la Sala A de los Estudios X que también carcajea de forma indócil.

El clarinetista Wayne escapa de una pertinaz lluvia de hielos, mientras que el whisky vuelve a danzar entre los vasos de la banda. No da crédito a lo que ven sus ojos, una fiesta salvaje se materializa en la sala y la música invade hasta el último espacio disponible. El cacique de la tribu echa a los últimos elementos que llamaban a sosiego y comienza a tocar con una pasión abrasadora, tensando las cuerdas de su contrabajo al máximo de su complexión.

El Quinteto se ha diezmado, los pocos curiosos y directivos que quedaban escapan, como cucarachas, por los pasillos de los Estudios X. Tan solo Tony Morello y dos secretarias de color son aceptados en el festejo. Mientras tanto, los cuerpos de los músicos se contorsionan sobre los instrumentos, Mingus grita, golpe de timón, el tempo se hace más rápido, se amplifican los sonidos. La música sigue hasta entrada la madrugada. Esa noche han nacido melodías que precederán a sus intérpretes, momentáneos jugadores, en su etérea belleza.

Dave Brubeck: White Jazz


Por Facundo Carmona

En el bien pensante mundo del jazz parece ser que estar vivo y ser blanco es un pecado imperdonable. Tal es el caso de Dave Brubeck que a sus 87 años sigue deslumbrando a la audiencia en esporádicos recitales, así como también sigue siendo denostado por parte de la crítica especializada.

Se dice que el artista de jazz está constantemente oscilando entre dos orillas: una popular, producto de las raíces del género y otra intelectual, plegada al vanguardismo del mismo. Pero esta es una división odiosa y especulativa, producto del trabajo del analista cultural que condena o beatifica por medio de un artificio de enclasamiento. Que marca con un sello ISO 9001 aquello que merece ser llamado auténtico en el terreno de la música. Donde un día la condena es a la llamada alta cultura y se beatifica lo popular sin mínima reserva, y al otro día se recurre a la ecuación inversa sin un leve rubor de mejillas.

En definitiva las discusiones son siempre las mismas: si hay un arte auténtico y quién tiene la última palabra sobre la verdad del arte. ¿Existe esto? ¿La posibilidad de un arte auténtico en detrimento de otro que cargue con la marca de la inautenticidad? Aquí no interesa dilucidar un problema de tal magnitud. Para esa tarea existen voces gustosas de cantar loas a la buena cultura.

Aquí tan solo se centrará la mirada en Dave Brubeck, pianista, compositor e interprete; como padre de dos discos memorables: Gone With The Wind y Time Out. Ambos grabados en 1959 con el aporte del genial Paul Desmond en saxo.

DB nació en 1920 en la ciudad de Concord (California) donde se crió en el seno de una familia burguesa y religiosa. De chico no fue abusado sexualmente, no se le murió un hermano ahogado, no trabajó en plantaciones de algodón, no veía a sus hermanos cantar gospel, ni aprendió a tocar el piano con un negrito andrajoso del profundo Mississipi.

Dave era un niño adinerado que tocaba en su piano música clásica, que combatió en la Segunda Guerra, donde se hizo el tiempo de organizar una pequeña orquesta militar, y que de adulto no perteneció a ninguna vanguardia (salvo un octeto experimental de corta vida). Y, como tantos jóvenes de su época, un día se cruzó con la magia de Duke Ellington, trastocando su vida de manera radical. La música del pianista de Washington lo decidió a abandonar la música clásica y comprometerse definitivamente con el jazz. Hasta aquí es entendible que una biografía así no despierte mayor interés en la crítica ni en los realizadores de películas multimillonarias.

Sin embargo la música de Dave ha escrito una de las mejores páginas del Siglo XX. La calidez de su música, la prolijidad de las interpretaciones y el groove (la onda, en criollo) con es representada lo ubican como uno de los mayores exponentes del cool jazz. Basta para ello escuchar la deliciosa versión de Georgia On My Mind de Ray Charles grabada con su cuarteto en Gone With The Wind. ¡Si hasta el propio Ray se sacó el sombrero! La dulzura con que es tocada la pieza, la introducción con la melodía del piano a la cual de forma sutil se le agrega el bajo, saxo y batería logran uno momento experiencia sensoria única.

Acto seguido la desfachatez se hace presente con Camptown Races de Stephen C. Foster (1826-1864), una melodía para niños del S. XIX repetida por dos, que electriza y divierte. El lector que peine sus primeras canas podrá hacerse una idea de ésta pues es la canción que cantaba el Gallo Claudio en los cartoon. Hacia mediados del S. XX poner una canción para niños en un disco serio era mínimamente arriesgado. Basin’ Street Blues, Gone With The Wind derraman buen gusto y diversión, la última con elementos de la música europea cierra el disco homónimo de forma magistral.

Time Out sea tal vez, junto con Kind of Blue de Davis, uno de los discos más representativos del cool. Por su masividad, por ser fácilmente audible y también por el apoyo del gobierno de los EEUU. Pero esa es una historia que quedará para otro momento.

La apertura del disco con Blue Rondo allà Turk esta cargada de sinergia épica al uso de Maurice Ravel. Golpea y mucho, golpea fuerte en el medio del pecho saliendo un poco de la estructura armónica del cool. Aunque la misma es recuperado en el relajado Strange Meadow Lark. Es interesante escuchar la versión de Blue Rondo, enorme y magnificente, hecha por el trío inglés Emerson, Lake & Palmer en el tradicional festival de la Isla de White (1970). Una versión rara y eléctrica con componentes del futuro rock progresivo insular.

Pero la pieza que proyecta definitivamente al cuarteto es Take Five. Un clásico del jazz, mal que le pese a muchos. Un tema pequeño, prolijo y sensual que da en el clavo de todo arte: generar una experiencia erótica, placentera en el oyente. Ese es jeite, que una melodía pueda ser gozada por oídos inexpertos, por oídos que tan solo quieren escuchar, es el gran logro de Brubeck.

La música de Brubeck logra que se la incorpore a los repertorios cotidianos del gran público. Una virtud que puede transformarse en intolerable para aquellos buscadores de cánones áureos.

Los temas mencionados, más los restantes que completan los 15 totales de los dos discos, abren la posibilidad de una experiencia erótica, de placer sensual con las armonías. Muchas veces lo espurio, lo simple y lo medido generan un goce directo, inocente, que no necesariamente se liga a una capacidad intelectual… O de clase. Se pueden disfrutar los saltos de Giant Steps y entender la belleza de la melodía, pero también lo logra la presunta superficialidad de Take Five sin la sofisticación armónica del genial Coltrane.

La única recomendación para escuchar a Dave Brubeck es poder querer prestar oídos de mozalbete a la música que nos llama con el mismo ardor y pasión que hace casi 50 años atrás.

Banda Black Rio: Negritos con Onda en Rio de Janeiro.


Si vivís en Buenos Aires, los domingos de invierno pueden llegar a ser, como mínimo, aburridos y monótonos. El desolador paisaje de edificios y cielo nublado, la humedad al 100%, el frío y la garúa finita que cala los huesos, nos invitan a permanecer guarecidos en nuestros hogares. Ni hablar cuando no hay fútbol, novia/o o asado familiar que nos ayuden a aligerar la congoja que esconde el primer día de la semana.

Pero, ¿Cómo paliar esos días de angustia? ¿Existe alguna solución para esto? Una posibilidad, que no contempla el suicido, es la música y los libros. El tema es que no todos los libros y los discos son convenientes para esas jornadas. Intenten leer El Astillero, o escuchar a Joy Division, un día gris y mohoso. No es una elección conveniente. No se recomiendan libros aquí, pero desde ya se sugiere dejar Onetti para otra fecha, así que nos abocaremos a la música.

La banda que nos va a liberar durante unos escasos minutos de la embolia dominguera es Black Rio, formada en 1976 en la ciudad de Río de Janeiro. ¡Qué mejor que un poco de efervescencia brasilera! Los Black Rio han logrado mixturar influencias propias de la cultura carioca, como la samba, con elementos del funk, del soul y del disco de los 70. Si los tuviese que definir en una palabra no podría. Tampoco en dos. Y si fuese en tres sería: glamour funkie brasileño. Música divertida, temas bien tocados y ese toque tropical que los brasileños tan bien saben llevar adelante. Una genialidad.

Imagínense poner en una coctelera a James Brown, Marvin Gaye y un kilo de Carmen Miranda, bananas, mangos, frutillas, cachaça y samba callejera. Una molotov, empalagosa y destructiva. Bueno, así de indigestos y nocivos son los Black Rio. Una especie de tropicalismo del funk y el soul, pero sin el farsante seductor de cuarentonas de Caetano Veloso. Es un trago pesado, nos puede caer mal al otro día, pero al beberlo nos cincela una sonrisa en el medio del rostro.

El disco en cuestión es Gafieira Universal de 1977, su segundo LP. El mismo cuenta con diez temas de los cuales se destacan: Chega Mais (Imaginei Você Dançando) que abre el disco con guirnaldas y espíritu de carnaval. Al cual siguen Vidigal y Gafieira Universal. Este último, bien podría ser un tema de Travelling Without Moving de Jamiroquai. Rio de Feveiro, pura exitación negra de soul, le canta al fútbol, al carnaval y obviamente a Rio. Dança do Dia, el tema 7, es una samba/funk instrumental con elementos del jazz de Chick Corea y Return To Forever. Casi pegada le sigue Samboreando, otro tema instrumental con sintetizadores, pitos y matracas. Tal vez los dos mejores temas del disco.

La duración total es de 33:04 y tal vez sea, tanto para bien como para mal, demasiado homogéneo. Lo cual le resta un poco de diversidad y por momentos, para el oído poco aguzado, sea algo tedioso. A favor del disco podemos decir que, lo más probable es que no fuese pensado para ser escuchado en su totalidad. Lo fundamental es que nos sirve para acercar a Bs. As., en tiempos de heladas y nieve, una brisa tropical que devuelva un poco de color(inche) a la ciudad.

Advertencia: pueden sonar grasas y anacrónicos como Kool And The Gang y Earth, Wind And Fire. Si no te gusta la música negra, sudada y exuberante no te molestes en buscarlos. Sino andan dando vueltas en el eMule y similares, desde donde podes bajarte su música para fiestas.

Acá les dejó un link para verlos en acción:
http://www.bandablackrio.com/principal.php?page=/videos.php

Publicado originariamente en Malón Literario.

Club Atlético Fernández Fierro


Por Facundo Carmona

Caminar por el Abasto puede ser una experiencia anodina si se la mira con desdén. Sin embargo, sus callejuelas iluminadas por luces trémulas y las bocacalles saturadas de basura y excremento; esconden un bullicioso ecosistema urbano. La pantalla del celular marca 21:25 PM y la poca gente que deambula por la acera son parte de los habitantes multiétnicos del barrio: silenciosos bolivianos de pies pequeños, peruanos bebedores de Inca Cola, paraguayos que discuten entre niños y el penetrante olor a fritura que baja como un alud desde los conventillos. El panorama de tolerancia y hermandad cuchillera se completa con coreanos y rusos que, ahogados en sus balbuceos idiomáticos, miran silenciosos el cuadro disgregado.

Sin embargo el paisaje comienza a variar con el correr de los minutos, los teatros abren sus puertas, en un restaurant de comida hindú dos parejas se sientan a la mesa para saborear el sinsabor de la oriental artimaña culinaria. Las colectividades se van replegando de apoco, abriendo el campo a los primeros visitantes de la noche: intelectuales orgánicos, catequistas de izquierda, hippies kosiuko, hordas de aborigenistas de ciudad que rememoran sus antropológicas vacaciones en el NOA. Hasta que el espectáculo es completado con un par de mods palermitanos: lentes de marco grueso y sacos de cuero que merodean los teatros enclavados en la calle Humahuaca.

En el centro de este gran souffle se encuentra el Club Atlético Fernández Fierro, el remozado galpón donde la Orquesta Típica Fernández Fierro (OTFF) toca regularmente todos los fines de semana. En la entrada se amontonan numerosas parejas y grupos de diversas edades, géneros y nacionalidades. En la fila que conduce a las boleterías, una jovenzuela de pelo azabache, metro sesenta, buenas y prominentes formas habla por celular. Espera a alguien, se impacienta y cede el lugar desconsolada. Sobre sus pechos una constelación de pecas vibran al ritmo de su respiración.

El nombre del lugar es, mínimamente, original. En algún sito se puede leer la definición de Club como “un grupo de personas libremente asociadas, o sociedad, que reúne a un número variable de individuos que coinciden en sus gustos y opiniones artísticos, literarios, políticos, filantrópicos, deportivos, etc., o simplemente en sus deseos de relación social”. ¿El tango aglutinaba a las 200 personas que se encontraban ahí?

La respuesta llego a las 23:45 cuando comenzaron a sonar las primeras notas de “Las luces del estadio”, de Jaime Roos y “Buenos Aires hora cero”, de Piazzolla un magnífico medley que irrumpió con virulencia en el silenciosos público. Una estampida de elefantes sepultó bajo sus patas al auditorio, que tan solo unos minutos antes se contorsionaba torpemente al ritmo de algunos standars clásicos del género. Sin embargo lo que prosiguió a la danza fue algo completamente diferente: un golpe de knock out directo a la mandíbula, el estremecimiento ante el poder de la música, los golpes en el estómago, las pulsaciones aceleradas. Estos muchachos estaban demoliendo el lugar.

Más allá, el tango tamizado por sus manos tiene la vigor de Mussorgsky, la oscura y profana violencia de La Noche en el Monte Calvo o de ciertos pasajes Cuadros de una Exposición. Pero más acá: una velocidad que actualiza el sonido del género sin recurrir a la ortopedia de la electrónica, demostrando que lo clásico puede irrumpir en lo moderno sin imposturas: sin el peluquín de los jóvenes de ayer y sin la vacuidad sonora de los de hoy.

La OTFF juegan al límite, son un dique a punto de reventar, que se agrieta paulatinamente. Y esto se produce, finalmente, cuando el Chino Laborde sale a cantar, vestido de mujer, “Trenzas”: voz grave, gesto adusto, venas al límite, retumba el escenario. Se va todo al carajo: una cascada de talento y energía, investida por una actitud 100% rocker; sin solemnidad tanguera, sin Silvio ni Copes. Los tangos de OTFF, propios y ajenos, suenan a esta Buenos Aires, no hay guiños al pasado, no hay estridencias gardelianas.

Desde el momento en que suena la primer nota hasta la última, se suspende momentáneamente la historia, las influencias, los covers (después habrá espacio para el análisis y las influencias, que las hay). Actual y contundente es su música, y no nos cansamos de repetir, la propia y la ajena, porque está última borra los copyright, las interpretaciones canónicas y se transforman en únicas.

Al salir la alegría de los asistentes es inmensa. En la calle dos pibes se pelean frente a una chica en chancletas, otro manguea una moneda, hay tranzas fugaces, rupturas y amoríos, mucha velocidad, mucho microondas. La gente se aleja con una sonrisa, tenían la certidumbre de haber de escuchado parte de la ciudad.