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Iggy Pop: Preliminaires (2009)



Supongamos que una noche idéntica a cualquier otra, Mefistófeles se presenta ante nosotros con el siguiente Pacto: el tiempo que duren nuestras vidas seremos unas enormes estrellas de rock. La mayoría rubricaríamos el convenio sin objeciones. A quién no le seduce la idea de dinero, mujeres y diversión ilimitada para toda la vida. Un trato a sola firma que transforma nuestra existencia en un enorme parque de diversiones.

Pero qué pasa si el glamour de la vida rocker se transforma en una rutina que encorva nuestras espaldas. Indefectiblemente adviene el hastío y la alienación. El gran problema para los músicos de rock postcincuenta no fue haber firmado El Pacto sino aburrirse de las regalías.

Recientemente salió Preliminaires, el álbum donde Iggy Pop logró desmarcarse de la maldición del veterano rocker. La formula no es nueva: travistiéndose como crooner el cantante le da un nuevo marco a su carrera. El resultado, contra todo pronóstico, es un rutilante disco. Que para rotularlo de algún modo podríamos clasificar de jazzero. Donde a diferencia de The Great American Song Book de Rod Stewart, abundante en orquestaciones melosas, se destaca la economía de recursos.

Las incursiones del cantante en el género no son nuevas. Hace unos años fue posible verlo compartir escenario junto a Martin, Medeski & Wood. Unos shows que aquellos que pudieron concurrir catalogan de anecdóticos. También es posible encontrar en Preliminaires elementos de la chanson francesa. Aunque las principales influencias no vienen por arriba, jazz y sofisticación europea, sino que su propia obra cimienta esta pieza. El potencial crooner ya habitaba en algunos temas de los Stooges y el período alemán. Este último con China Doll y Lust For Life como emblemas.

Como se señaló antes, Preliminaires es un disco austero, casi minimalista. Las bases, serenas y algo densas, alisan el terreno para que la voz alcance su máxima de riqueza interpretativa dentro de un registro medio.

Pop evade con soltura el cancionero americano interpretado desigualmente por Rod “The Mod” Stewart y logra, gracias a la sutil oscuridad que matiza las románticas canciones, una obra exquisita. Como reza el título y gráfica bellamente la tapa, Preliminaires es el disco ideal para maridar una velada romántica… con perspectivas de soft gore.

Para descargar hace click acá.

Ascensor hacia el Cadalso


Cuando el director de cine galo Louis Malle se enteró del arribo de Miles Davis a Francia su alegría no pudo ser mayor. Corría el año 1957 y Malle estaba en etapa de postproducción de su opera prima como director: Ascensor hacia el Cadalso.

Hasta aquí su filmografía se limitaba al cine documental, género en el cual había incursionado de la mano de Jacques Cousteau en el film Le monde du silence. Película que ganó un Oscar a mejor documental y le valió una Palma de Oro como co-director (el galardón fue compartido con el documentalista oceánico).

Mientras tanto, del otro lado del Atlántico, Miles Davis disfrutaba las mieles del éxito producidas por su primer quinteto compuesto por el ex-boxeador Red Garland, Paul Chambers, Philly Joe Jones y John Coltrane. La carrera del trompetista estaba en ascenso meteórico y las propuestas para tocar en el Viejo Continente no se hicieron esperar. Así es como en el invierno boreal de 1957 Davis emprende un viaje a París donde es recibido con obsecuente admiración por la ensalada de frutas que era la intelectualidad francesa de la época (con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir a la cabeza).

Gracias al contacto de un técnico de sonido el director Malle, que ya ostentaba cierta popularidad a raíz del mencionado documental, se contacta con Davis y le propone grabar la música de su pelicula. A lo cual el trompetista contesta positivamente poniendo como única condición ver primero algunas escenas del film. La pequeña ocurrencia del pequeño director no pudo ser más feliz, el resultado de las sesiones impulsó un cambio en el sonido de Davis imponiendo un nuevo rumbo en la historia del jazz, alejándolo definitivamente del bebop.

Las sesiones se desarrollaron con una banda de músicos locales que el trompetista, quien había viajado solo, reclutó para tal fin. La propuesta de Miles Davis era novedosa y arriesgada: los temas surgirían a modo de improvisaciones inspiradas por las imágenes que Malle, en sintonía con la Nouvelle Vague, había filmado previamente.

Tal es así que la grabación se realizó sin ningún modelo previo, las ideas surgían de aquello que se proyectaba en la pantalla. Donde las únicas guias dadas por Davis eran un par de acordes sobre los que el contrabajista Pierre Michelot y el baterista Kenny Clarke construían una base rítmica que servía al trompetista para dibujar sus pequeñas piezas sonoras.

La invitación de Malle posibilitó que Davis tuviera una primera aproximación a lo que en muy poco tiempo sería denominado jazz modal. O sea, el estilo que hace pie en las estructuras rítmicas como base para la construcción de líneas por parte de los instrumentos solistas. Esto es posible verlo en Kind of Blue, el disco modal por excelencia, y en LPs de los años 60 y 70 como In a Silent Way y Bitches Brew.

En diciembre de 1957 Davis logró desarrollar un método de trabajo que lo acompañó el resto de su carrera con diferentes grados de alquimia musical y química. En esto tal vez resida el valor y la magia de escuchar Ascenseur Pour l'Échafaud: permitir contemplar en una grabación, que duró tan solo una agitada y fría noche parisina, los próximos 30 años del género.

A continuación les dejamos el link de descarga y las palabras que Boris Vian, espectador de lujo de estas sesiones noctámbulas, le dedicó al disco:

"Esta grabación fue realizada de noche en el estudio Poste Parisien en un ambiente muy distendido. Estaba allí Jeane Moreau, la protagonista de la película, que, de manera encantadora acogía a los músicos y técnicos en un bar improvisado en el estudio. También estaban presentes los productores y técnicos, y Louis Malle, en tirantes, que intentaba sacarle a Miles Davis todo lo que deseaba añadirle a la imagen. Los músicos, totalmente relajados, veían pasar en la pantalla las principales escenas de la película, y situados así en el ambiente, se lanzaban a improvisar a medida que transcurría la proyección. Es de señalar, en la toma Dîner au motel, la extraña sonoridad de la trompeta de Miles. En un momento determinado, un trozo de fragmento de piel se despegó de su labio para ir a colocarse en la boquilla. De Igual manera que los pintores deben a veces al azar la calidad plástica de sus tonos, Miles aceptó con agrado este nuevo elemento " inaudito" en el sentido literal de la palabra, jamás escuchado. No hay duda de que el oyente, incluso privado de las imágenes, será sensible al clima hechizante y trágico creado por el gran músico negro, sostenido admirablemente por sus compañeros de equipo".

Descargar Ascensor hacia el Cadalso

Jubileo Kind Of Blue


Han pasado 50 Años desde que Miles Davis, al frente de su Quinteto más famoso, grabó aquél que quizás sea el disco más relevante de la historia del jazz: Kind Of Blue. Disco minimalista, austero y bello este LP inició diferentes generaciones de escuchas en la melomanía.

Desde TD y a modo de humilde homenaje publicamos a continuación una traducción de La improvisación en el Jazz. La nota en clave Zen que el pianista Bill Evans escribió para la contratapa del vinilo original.

También podrán encontrar el link para descargar el disco en su versión original. O sea, sin los bonus track de las últimas reediciones en cd y 50 Aniversario. Aunque a modo de compensación relativa les dejamos las tapas y contratapas.

Breve Ficha Técnica:

Tracks

1-So What
2-Freddie Freeloader
3-Blue in Green
4-All Blues
5-Flamenco Sketches

Personnel

Miles Davis trumpet
Julian "Cannonball" Adderley alto saxophone (except #3)
John Coltrane tenor saxophone
Wynton Kelly piano (#2)
Bill Evans piano (all others)
Paul Chambers bass
Jimmy Cobb drums

Irving Townsend producer
Teo Maceo producer

Download

Disco:
http://www.sendspace.com/file/esg5f9

Tapas:
http://www.sendspace.com/file/w50vtw

Enrique Mono Villegas 2



Corrían los primeros años de la década del 90 cuando mis padres, movidos por la fascinación del hijo con inquietudes artísticas, compraron un teclado Kawai de 5 octavas que aún sigue juntando polvo en la casa materna.

La fascinación tecnológica, el prestigio social que representaba el hijo "concertista" y los ingresos de la pequeña burguesía se combinaban en ese bello juguete importado. El chiche en cuestión causaba un gran asombro en sus usuarios ya que contaba con la posibilidad de jugar al musico gracias a la posibilidad del One Touch Finger, una boludez atómica que permitia customizar una tonada precargada.

Sin embargo su mayor característica no era esta pantomima sonora sino sus 25 ritmos preconfigurados que tenían la peculiaridad de no asemejarse ni por asomo a los géneros que intentaba reproducir. Así una base de Rock con su inequívoco 4x4 era un tecno-pop japonés y un Tango mutaba en una bastarda entonación bailada por la Evita de Alan Parker.

Sin embargo recuerdo que uno de estos ritmos me llamaba la atención con fruición: el Latin Jazz. Mediante la certera combinación de algunos botones la magia de la tecnología hacia sonar por los parlantes del intrumento una serie de ritmos alegres que se repetían con mongoloide perseverancia. Lo latino para los programadores del Kawai Fs630 era un eterno devenir de sincopa tropical en comunión con alguna reminiscencia jazzera.

Eran tiempos en los cuales lo latino estaba emergiendo como categoría de análisis y gramática para todo aquello producido al sur del Río Bravo. Los Cadillacs, Color de Melo, Chayanne, Manu Chao, Menem, Ricky Martin, Café Tacuba, Fujimori, Thalia, los Movimientos sin Tierra en Brasil, los piqueteros en Argentina, el movimiento Zapatista en México bailaban al compás de mi organito Kawai.

El teclado, y sus solapadas promesas de progreso, contrastaban con la amplía colección de discos de vinilo que conservaba mi padre. Enorme, negra y ajada no se resignaba a delegar su ubicación de privilegio en la casa mirando con desdén a los primeros cd, al AIWA 100 watt (PMPO) – una miserable mentira sonora –, a los canales de cable y al Family Game. El ejército vinílico, estoico, imbécil, valiente; resistía a lo inevitable resguardando su preciado tesoro: un compendio musical de diferentes décadas y géneros que había que manipular con un cuidado quirúrgico.

De esa enorme colección dos viejas placas del pianista Enrique “Mono” Villegas, escuchados con cierta regularidad por mi padre, me atraían de manera especial: 60 Años, publicado por el sello Trova en 1973 e Inspiración de 1975 (Cabal). Este segundo álbum se aventuraba, bajo la influencia de Ara Tokatlian, en los campo del jazz fusión, o como gustaba promocionarse en la época Jazz Rock. El resultado es flojo y pesa mucho la caprichosa insistencia que tienen los jóvenes en romperle los huevos a los jovatos. Sin embargo 60 Años era un disco espectacular.

El mismo fue grabado en vivo para festejar el cumpleaños del pianista. Era sorprendente escuchar la voz del Mono entre tema y tema. Sus divertidos diálogos con el público me llamaban mucho la atención, pues nada más en ese disco había escuchado algo así. Villegas no solo se permitía la posibilidad de bromear en un ambiente dominado por la solemnidad y la postura adusta, sino que explicaba los temas que iba a interpretar con una sencillez envidiable. Estos testimonios nos permiten crear/recrear a un viejito bien y bastante canchero, que destroza Caminito convirtiéndolo en algo completamente nuevo, St. Luis Blues, que a fuerza de golpes logra hacerlo su clásico; más La Rosita y Free, 8 minutos de free jazz.

Una historia pinta de cuerpo entero al artista. Hacia fines de la década del 50 Villegas era un argentino un tanto salvaje y vagabundo que se ganaba la vida tocando en diferentes clubs de una New York que ni por asomo se asemejaba a la del S.XXI , post Rudolph Giuliani y 11S. Una altísima cuota bohemia, que no dudaba en copular con la fracción más snob del american way of life, invadía las calles y la música que se producía. Así transcurrían sus días neoyorquinos hasta que un día el sello Columbia, que editó gran parte de la mejor música de jazz de todas las épocas, le ofreció grabar tres discos. De esta manera ven la luz Introducing Villegas y Very, Very Villegas.

Para el tercer disco la discográfica le pide al pianista que el mismo sea de música cubana en honor al fallecido compositor Ernesto Lecuona, pero se negó y su carrera en la cuna del jazz se corto de cuajo. Villegas pagó con la rescisión del contrato la máxima que años después escupió con rabia en la cara de un cronista de la revista Pelo: “No hay más identidad que ser uno mismo”.

Los discos de Villegas, tan inauditos como necesarios, muestran al intérprete haciendo de la música ajena algo completamente difícil y raro: su propia música. El descomunal talento, su humor y descarado sarcasmo no solo frente al piano hacen que su obra sea una de las mejores producciones del jazz argentino.

Descargas:

Introducing Villegas

Very, Very Villegas

60 Años

The Honeydrippers


Los 80 no fueron una gran década para los integrantes de Led Zeppelin. La muerte del baterista John Bonham y la posterior disolución del grupo, los sumergió en la más abyecta mediocridad. Sin embargo una pequeña joya brilla en el fangoso caldo compuesto por rouge, spray para el cabello y calzas fosforescentes: The Honeydrippers.

Esta banda, que editó tan solo un disco, el Volume One, estaba liderada por un saludable y regordete Robert Plant alejado de los excesos y la parafernalia proto-mito-germana-tolkeniana de Zep. Corría 1984 y el cantante buscaba resurgir en el mainstream mundial mostrándose como un respetable sobreviviente. No funcionó, así que convocó a su alter ego cocainómano Jimmy Page y al genial beodo Jeff Beck para formar una banda de covers.

Los tres sacan este bello EP con la intención de rendirle homenaje a sus ídolos de la juventud. Así es como ve la luz Volume One, que contenía el pequeño y adorable pelotazo The Sea Of Love. Éxito tremebundo en asaltos argentinos a comienzos de los años 90.

El lector que cuente sus primeras canas en los cabellos recordará los lentos en los cuales se incorporaba este temita, conjuntamente con algunos de Los Plateros. Mientras que bandas como REM, Nirvana, Pearl Jam, Oasis, etcétera comenzaban a resquebrajar la grasa seca de la década anterior, los DJ de bailes escolares se ufanaban pasando estos temas con aire de los años 50. Muchas veces un pequeño oasis entre Vilma Palma e Vampiros y la Lambada.

Cuestión, estos tipos sacaron 5 temas clásicos que si bien no cambiaron el curso de la historia (por qué debería un disco hacerlo es una pregunta para otro momento) se pueden disfrutar desde diversos niveles.

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Mono Villegas. El piano del jazz.


El maestro Enrique Mono Villegas.

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